Olor a cables quemados

El problema no es nuevo. es tan viejo y conocido como todos los que han pasado en la función pública en los últimos tres lustros sin aportar una pizca de solución.

El diagnóstico es conocido, pero no por ello resulta digerible. “Los transformadores funcionan bien, pero los cables no soportan la carga”, explicó ayer a una radio local Néstor Fernández, secretario de Prensa de la Dirección Provincial de Energía de Corrientes (Dpec). Detalló que los distribuidores trabajan prácticamente al máximo por el alto consumo de energía y entonces se produce una sobrecarga que termina reventando el cableado, esto obliga a las cuadrillas de operarios a ubicar la avería y reparar el inconveniente. Es una carrera desigual, porque la demanda no cesa, todo lo contrario; entonces la exigencia se profundiza y multiplica. El hecho es que el servicio de energía eléctrica no está disponible cuando se necesita. El cuadro descripto corresponde al área de incumbencia de la Dpec, empresa del Estado que vive en situación de emergencia y últimamente, además, intervenida por el Gobierno que hace 16 años ostenta el poder en la provincia.

Todo esto dicho en menos palabras: el problema no es nuevo. Es tan viejo y conocido como todos los que han pasado en la función pública en los últimos tres lustros sin aportar una pizca de solución. Los integrantes de la administración radical que controla el destino de la provincia desde 1999, intervención federal mediante y cuatro mandatos consecutivos de la misma familia, tienen la particularidad de hablar del asunto como si fuesen nuevos en el barrio, pero la verdad es que hace 17 años por lo menos que merodean la esquina de 25 de Mayo y Salta. Los encargados de dar respuesta se refieren al caso como quien bajó del colectivo ayer y está descubriendo el drama, sin embargo la realidad es otra muy distinta. Durante todo este tiempo la Dpec ha probado con casi todos los modelos, ha recibido recursos a raudales y, la verdad, que no se ven resultados. Con los veranos llegan los cortes. Parece inevitable, debería serlo. La culpa siempre está en otra parte. Ahora, dicen, no aguantan los cables. El punto es que apagones han alfombrado el recambio del almanaque. El fin de semana fue caótico, pero lo que le siguió no fue mejor. Veamos. El sábado, para despedir el año, hubo cortes desde temprano en varios barrios: Independencia, Alta Gracia, Itatí, Molina Punta, Patono, entre otros. Algunos vecinos recibieron el 2017 con la luz de un candil o con velas. Brindaron entre penumbras y no por romanticismo sino porque el servicio de la Dpec es deficiente. Y no tienen la culpa los operarios sino el sistema. El domingo, el primer día del nuevo año siguieron los cortes y se sumó un apagón, propiciado por Transnea, que afectó a prácticamente la mitad de la capital y varias localidades periféricas. El lunes, mientras continuaban los cortes (aparentemente rotativos) como consecuencia de los cables que se queman, Transnea volvió a salir de servicio y nuevamente la mitad de la ciudad se quedó sin energía. Ayer, para no interrumpir lo que ya es una rutina, Transnea nuevamente falló, algunos puntos de la Capital y varias localidades sufrieron el ¿desperfecto? Todo esto en medio de un calor abrasador que elevó la sensación térmica arriba de los 45 grados durante cuatro días consecutivos. Fue lo que disparó el consumo a niveles astronómicos y así no hay cables ni nada que aguante. Desde esta óptica la explicación oficial tiene asidero, pero visto en perspectiva es inaceptable pues hace 16 años se repite el mismo ejercicio. Tuvieron suficiente tiempo para emparchar un poco las cosas. “Las obras se hacen por política y no por necesidad de la empresa, nosotros ya lo habíamos advertido”, le dijo ayer a este diario un gremialista de Luz y Fuerza, que conoce la situación de la Dpec. Claramente hay (y hubo) imprevisión. Así se van a seguir quemando los cables. s

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