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El Estado distraído

A estas alturas, claramente la desaparición de Maldonado se convirtió en un caso extraordinario mucho más relevante que una simple causa judicial.

El reclamo de aparición con vida del joven Santiago Maldonado, cuya extraña desaparición es un incógnita que pone en incómoda situación a la administración de Mauricio Macri, se ha filtrado en la campaña con vistas a las cruciales elecciones legislativas nacionales del 22 de octubre. Y de paso, ha ensanchado la grieta instalando un clima de efervescencia social que puede resultar peligroso en una sociedad que parece no poder acostumbrarse a la construcción de un debate en un marco de civilidad. El sinuoso comportamiento del Estado, responsable central de la paz a través de la seguridad pública y las garantías del derecho, no ayudan a establecer la indispensable armonización de los intereses en juego. En Argentina casi toda discusión sobre asuntos de fondo se vuelve una guerra, con víctimas a contar, y Maldonado es, por ahora, una de ellas. El gobierno de Cambiemos se ha manifestado, hasta el presente, incompetente para cambiar esa lógica que ha dominado la historia del país.

Determinar, con exactitud, lo que le sucedió a Maldonado es un imperativo. El Estado, sus administradores de turno, debería tomarlo como una obligación inherente a su rol. Corresponde decir que por encima de cualquier especulación sobre lo que pudo haber ocurrido con el artesano, activista de las causas de los pueblos originarios, que existe una familia que aguarda desde hace poco más de un mes que el joven regrese sano y salvo a casa. A estas alturas, la desaparición de Maldonado y los masivos reclamos de aparición con vida que se multiplicaron a lo largo y ancho del país, e incluso en el extranjero, transformaron a este caso en un acontecimiento extraordinario, a todas luces más relevante que una simple causa judicial con condimentos políticos. Le guste o no al Gobierno, el episodio mantiene en vilo a la Argentina y ocupa por estos días un lugar más preponderante que otros asuntos que son cotidianos para la ciudadanía, como la economía o los hechos de inseguridad. Incluso los tópicos más superfluos, que a diario aporta la farándula, han quedado relegados en la consideración pública El grito de ¿Dónde está Santiago Maldonado? fue creciendo, fue uniendo voces y voluntades para convertirse en una demanda popular que trasciende ocasionales simpatías partidarias, de igual manera que profesiones y clases sociales; así quedó demostrado el viernes por la tarde en las marchas -algunas multitudinarias- que se realizaron en distintas ciudades del país. Corrientes no fue la excepción, aquí también pidieron por su aparición. Afortunadamente el reclamo fue pacífico, no como sucedió en la Capital Federal, donde los grupos reaccionarios protagonizaron algunos hechos de vandalismo. Flaco favor le hacen a la causa. No obstante, tanto se agigantó el reclamo, ante la falta de reflejos -voluntarios o involuntarios- de la Casa Rosada, que ahora el oficialismo se arriesga a pagar un costo político mayor del que se suponía semanas atrás, cuando la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, comenzaba a levantar polvareda con sus comentarios en defensa de la Gendarmería Nacional. La polémica sobre la actuación de la Gendarmería en el Sur, sumada a la lentitud de la Justicia que no encuentra pistas certeras sobre lo que pudo haber ocurrido con Maldonado aquel martes 1 de agosto cuando gendarmes reprimieron un piquete de militantes mapuches rebeldes en Chubut, configuran un escenario urticante para el Gobierno, pero especialmente para Bullrich, cuya continuidad está en jaque. Independientemente del aprovechamiento que intentan algunos referentes políticos, inevitablemente este incidente de características dramáticas reporta a un desaparecido en democracia. No es buena promoción para un Gobierno que quiere entrar al mundo haciéndose el distraído. s