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Adolescente muerta por sobredosis de cocaÍna

La madre y la hermana mayor de Abril viven solas, encerradas y con miedo

Norte de Corrientes fue hasta el barrio Patono y logró hablar con la familia. la ausencia del Estado es patente. Los acusados siguen libres.

En la esquina hay tres nenas, ninguna llega a los 10 años. Juegan en el barro de la última lluvia. El olor a bosta de caballo es persistente: hay cuatro pastando en la calle de tierra. Y dos carros. Afuera, en la desprolija vereda de la vivienda donde hasta hace un mes vivía Abril Fernández, de 15 años, hay un torcido sauce llorón. El barrio Patono es un margen, uno de varios que hay en la ciudad de Corrientes. Dos perros, uno blanco y el otro negro, ladran adentro. Se los ve por hendijas del portón de chapa, barnizado con el carmesí de la pintura antióxido. Uno, dos, tres veces suenan las palmas chocando entre sí hasta que la puerta verde de la casa se abre tras el giro de la llave... Sale una mujer joven, se parece a Abril pero un poco menos delgada. Dice a NORTE de Corrientes que es la hermana mayor (el nombre se omite para preservarla). Dice que su madre no puede atender, que está recostada, un poco enferma, muy mal por la muerte de su hija y con miedo por las amenazas que recibió de los hombres a los que acusa de ser los que le suministraron cocaína rebajada hasta la sobredosis, violentarla y desecharla, tirándola a la calle. Sus ojos y sus gestos recelosos comunican que ella también lo está. “¿Vos y tu mamá viven solas acá?” .“Sí”, responde. El viento de una tormenta que no fue sopla y hace inaudibles algunas palabras que pronuncia. “No podemos decir nada más, nuestro abogado nos dijo que no demos declaraciones”, dice. No hay policías. Ni afuera de la casa, ni en la esquina, ni en los alrededores. La madre y la hermana de Abril Fernández están solas, encerradas, con miedo. Y el Estado sigue ausente. En el barrio, los vecinos rumorean que un “transa” (un vendedor al menudeo de marihuana prensada y cocaína impura) “le jugó todo”. Esa última frase sintetiza muchas acciones: atraerla e invitarla a consumir esos estupefacientes hasta dejarla en un estado de indefensión, del cual se aprovechó. “Tiene golpes en todo el cuerpo, marcas: como que la atacaron entre varios hasta dejarla inconsciente”, había dicho Lorena Núñez, la madre de Abril, en una de sus primeras declaraciones públicas. Luego de la muerte de su hija, se llamó a silencio y pidió respeto. En el medio la amenazaron con que, en caso de seguir dando nombres, iban a prenderle fuego la casa. El barrio sabe. Se llegó a la casa preguntando a los vecinos. En la otra cuadra hay una casa-kiosco. Una mujer obesa atiende desde adentro, por la ventana. Pegado con cinta en la pared hay un cartel con la cara de Abril invitando a la marcha de mañana y pidiendo justicia. También hay una niña -tendrá 13 o 14 años- esperando. La kiosquera le pasa la gaseosa “Cabalgata” sabor cola. Con la mano derecha toma la botella con el líquido negro, mientras con la izquierda sostiene un bebé de no más de un año. Se va sin mirar la foto... s