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La vigencia de la Constitución

Mal que les pese a los que piensan como Colombi, los funcionarios electos por la voluntad popular (como un gobernador, por ejemplo) tienen plazo fijo en el ejercicio del mando.

El gobernador saliente Horacio Ricardo Colombi tuvo ayer su acto de conmemoración, exclusivo y emotivo, más allá del espacio central que le corresponde en la función del próximo domingo cuando transfiera el mando a su sucesor el radical Gustavo Adolfo Valdés, el mercedeño se reservó en la agenda de la transición un capítulo para encomiar su gestión, y por tanto su figura. Un desparpajo de vanidad que asoma excesivo pues el hombre no se va a ningún lado ni siquiera a su casa, se queda cerca, muy cerca del poder que ha controlado desde hace 16 años y que ahora ha tenido que delegar en un delfín de su Comité. Este adiós, relatado con el tono de humilde epopeya, no tiene nada que envidiar a aquella misa que organizó el kirchnerismo para exaltar a Cristina Elisabet Fernández de Kirchner en su partida de la Casa Rosada. Son coyunturas distintas, claramente diferenciadas, sin embargo en el fondo el motor del combustible es el mismo: el autoelogio como panegírico de la glorificación política. El mensaje de repaso de los hechos sobresalientes en estos tres lustros según la edición oficial, puso al descubierto desde el inicio la ponderación subconsciente de los valores republicanos. “Cuando asumimos, muchos nos pusieron fecha de vencimiento, y acá estamos...”, arrancó Colombi. Memorioso, el hombre le puso fecha al dato: marzo de 2002.

Lo recordó con un dejo de soberbia, como los taimados que reciben amenazas, pero sin embargo le hacen tragar la maldición a sus intimidadores. ¿Acaso alguien recuerda aquel episodio, 15 años después? Sí, Colombi. ¿Es memoria o rencor? Independientemente de la indiscutible certeza que encierra la remembranza, que por otra parte afortunadamente solo resultó un augurio sin sustento, la fijación del mercedeño con la fecha de vencimiento ha quedado patentado en su pertinaz deseo por continuar aferrado al bastón de mando, lo que lo llevó a intentar -sin éxito- en varias ocasiones modificar la Constitución de la Provincia de Corrientes. Mal que les pese a los que piensan como Colombi, los funcionarios electos por la voluntad popular (como un gobernador, por ejemplo) tienen plazo fijo en el ejercicio del mando. Su tiempo institucional tiene límite, caduca y no importa lo bueno que haya sido en su gestión. Por muy exitoso (o que así se crea) que fuere el resultado de un gobierno y sin importar el nivel de adhesión popular que tenga el gobernante o sus funcionarios, la Constitución marca períodos y plazos y deben ser respetados. Es una idea política perimida, propia de los movimientos conservadores, cercanos a cierto estilo del caudillismo, imaginar que no hay vencimiento para quienes gobiernan, de tal modo que se pueden quedar todo lo que deseen siempre que logren el acompañamiento de los votantes. La democracia, en su imperfecto equilibrio, siempre ofrece las vías adecuadas para que un dirigente político, bendecido por el electorado para convertirse en líder, tenga su tiempo y en el desarrolle su tarea. A algunos no les basta y quieren más, siempre buscan más. Desean permanecer en el poder, aferrarse a él sin soltarlo jamás. Quizás se suponen especiales, únicos, indispensables, eternos. Es posible también que tantos aplausos y alabanzas operen como un potente martillo trepanando con una idea filosa el sentido común. Claramente es un pensamiento que colisiona contra los principios más elementales del republicanismo. Por eso la Constitución en armonía con los parámetros de razonabilidad institucional, que surgen de los procesos políticos y sociales, fija la cantidad y tiempo de mandato. Y no obstante permite hacer combinaciones que reservan al deseoso oportunidad para más adelante, pero que de igual modo asegura que en el mientras tanto se refresca la atmósfera. Porque lo único que no puede caer en vencimiento es la democracia.s