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La reforma violenta

La violencia, a propósito de todo lo que se han quejado de uno y otro bando, es institucional. Se dispara desde el estado y luego se transforma en una violencia social.

Ahora además se perdió la civilidad y el estado de derecho quedó aterido. Hasta el momento, con la pretendida reforma previsional, los únicos perjudicados eran los jubilados, lo que constituía ya suficiente agravio, pero desde ayer el menoscabo es colectivo. El día de furia que se vivió en las puertas del edificio del Congreso de la Nación y que luego se trasladó a otros puntos de la Capital Federal, instaló nuevamente a la Argentina en un cono de sombra frente al mundo. La sordera, que en este caso se parece bastante a soberbia, del gobierno de Cambiemos y la cerrazón de la oposición para hallar un punto de equilibrio que permita el debate, con disenso, pero constructivo, conjugaron perfecto para el desquicio. Fue como un regreso al pasado que, se sabe, solo tiene un resultado: quebranto. Otro diciembre caliente, con la gente en las calles, los uniformados disparando a mansalva y los políticos escupiéndose acusaciones, desgarrándose las vestiduras, mientras la República se convierte en girones de un sueño inalcanzable.

La violencia, a propósito de todo lo que se han quejado de uno y otro bando, es institucional. La violencia se dispara -y el término se ajusta perfectamente a lo que sucedió ayer- desde el Estado, la responsabilidad es de los que tienen que administrar la cosa pública, luego se transforma en una violencia social, que se reproduce y amplifica en los distintos espacio de la sociedad y que vuelve, cual bumerán, a las instituciones. Creer que es al revés o pretender hacer germinar esa idea es un esfuerzo, además de ridículo, malicioso. La reflexión, pseudo contemplativa, de Elisa “Lilita” Carrió, el descargo de Marcos Peña sobre el origen de la violencia y la intencionalidad de esa acción es sofismo puro, tanto como el rol democrático que pretende atribuirse el kirchnerismo con Agustín Rossi y compañía, que ahora se presentan como víctima. Las únicas víctimas en este trámite, que aún no fue resuelto en el ámbito parlamentario, son los jubilados y pensionados y todos aquellos que sobreviven con una asignación de la Anses. Ellos son los que van a perder con el nuevo sistema previsional. Ayer, en medio de la descomunal refriega, hubo lesionados, algunos de mayor gravedad, otros más leves, pero los que saldrán verdaderamente lastimados al final de este proceso son los abuelos. Con la reforma le están apuntando al órgano más débil, el bolsillo. Es casi indecente no advertir que los cambios al sistema previsional, así como están planteados, son lesivos y que la batalla contra el déficit fiscal tiene un límite que lo impone el sentido común. La administración de Mauricio Macri bien puede conseguir los recursos que necesita para tapar el bache recortando presupuesto en otras áreas menos sensible, por caso el propio Congreso de la Nación. ¿Por qué la política nunca paga la fiesta? ¿Cuándo llegará la austeridad, en serio, a los ámbitos del Poder Ejecutivo o Legislativo, que siguen teniendo libre disponibilidad para nombrar parientes y entenados? ¿Y los gastos en la Justicia, cuándo se revisan? “El hilo se corta por lo más delgado”, la máxima, tan antigua como certera, explica con contundencia el manotazo -aparentemente, irremediable- que sufrirán los abuelos. Macri, que les prometió un cambio como a todos los argentinos, está empeñado en presentar la reforma como una mejora y avanza sin medir los costos. El problema es que este modelo sin sustento estructural no se sostiene. Y la única forma de llevarlo a la práctica es con represión para subordinar el reclamo social. Como el radical Fernando de la Rúa, el neoliberal Mauricio Macri, ya tiene su diciembre caliente. No es buena señal. Como en Tucumán 2013, en Buenos Aires 2001, como en Corrientes en 1999 un diciembre de furia represiva. s