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Los héroes necesitan cuidados

El comisario Duarte entró sin chaleco a la vivienda, dicen que le cedió el suyo a un subordinado que entraría por los fondos. ¿temerario o solidario?

El violento episodio ocurrido ayer en la localidad de Alvear que le costó la vida a un comisario inspector de la Policía de Corrientes, baleado a quemarropa por un sujeto de abultado prontuario que era buscado por su vinculación con una banda de piratas del asfalto que actuaba en la zona, enlutó a la fuerza de seguridad y generó un cuadro de conmoción social. No es para menos, el uniformado asesinado tenía una impecable foja de servicios, estaba al frente de la comisaría local y no dudó en encabezar la partida que fue en busca del sospechoso. Desde el Gobierno de la Provincia se apuraron a asignarle el calificativo de “héroe”. Aunque exagerado, el apuro por poner rótulos es entendible, ayuda a mitigar el dolor, sin embargo es importante tener claro que hasta los hombres de gran arrojo, aquellos que con su acción bordean el heroísmo, necesitan de condiciones mínimas que garanticen la supervivencia.

Ayer, en Alvear, volvió a quedar de manifiesto que hay mucho de heroísmo y poco de lo otro, que es tan indispensable como el valor para que los policías cumplan acabadamente con su misión sin que les cueste la vida. Si no es así, y lamentablemente casi siempre es así, la suerte de la “seguridad pública” -así con comillas para entender que es política de Estado- dependerá de cuánta voluntad e intrepidez tengan los efectivos. Pero, hasta el más férreo de los compromisos reclama ayuda adicional, herramientas, factores materiales que deben concurrir en auxilio de los hombres que arriesgan lo más valioso que tienen: su vida. “Hay que cuidar a los que nos cuidan”, dijo, justo ayer, el presidente Mauricio Macri al recibir a un efectivo de la Policía bonaerense que está en problemas tras matar a un ladrón que intentaba asaltar a un turista norteamericano. Cuidar, ésa es la palabra. Y, especialmente, atender todas sus conjugaciones. El héroe correntino se llamaba Miguel Gerardo Duarte, tenía 48 años, casado, dos hijos. Estaba en la plenitud de su carrera, era comisario inspector y desde octubre comandaba la seccional de Alvear, que en los últimos años comenzó a sufrir el desborde de los hechos delictivos, principalmente abigeato y robo en las rutas. La banda de piratas del asfalto asolaban en la zona y su matador, que también resultó muerto, José Antonio Da Rosa (alias “Pajarito”) era presunto cabecilla de una de esas formaciones delictivas que proliferaron en la región. “Tiroteo en Alvear en allanamiento. Muere un comisario y un delincuente, en esto se convirtió nuestro pueblo”, escribió en Facebook el galardonado escritor José Gabriel Ceballos. Alvearense de origen y residente permanente, el hombre de las letras sintetizó el estupor de su comunidad, compartida por buena parte de la sociedad correntina que observa con preocupación el avance delictivo y la secuela más grave: la virulencia con la que actúa. Pajarito Da Rosa, escondido en una finca en la zona rural, recibió a los tiros a la partida policial. El comisario Duarte entró sin chaleco a la vivienda, dicen que le cedió el suyo a un subordinado que entraría por los fondos. ¿Temerario o solidario? No se sabe si todos los efectivos disponían de los elementos indispensables. Por el momento, las crónicas -oficiales y oficiosas- del episodio son parciales y quedan interrogantes flotando sin respuestas. Lo concreto es que el fiscal interviniente en la causa, Francisco Ramos (con asiento en Santo Tomé), confirmó a la prensa que el comisario no llevaba chaleco antibalas y sólo tenía su pistola reglamentaria. El delincuente (“Pajarito”, un pesado del hampa, que ya había sido condenado por delitos graves) gatilló al menos cuatro veces y todos los disparos dieron en Duarte que llevaba como única protección su uniforme de Policía. Indudablemente tenía valor, pero así no hay héroe que resista. s