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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

Enterrad mi corazón en Rodilla Herida, de Dee Brown

Lo que murió en Rodilla Herida, en 1890, fue la esperanza de una nación que padeció un infierno sin poder contemplar el triunfo de la justicia. El Nuevo Mundo Americano, alabado como el país de la libertad, la prosperidad y la felicidad, se construyó sobre una montaña de miseria, sangre, lágrimas y promesas rotas que claman al cielo.

No es difícil en nuestros días reconocer un destino similar para pequeños países que tienen la desdicha de no estar al nivel de la potencia hegemónica. Es bueno no olvidarnos del exterminio de los pueblos indios de América ante el conquistador que les prometiera tratados de “paz y de seguridad”. 

     La soberanía nacional de los nativos americanos fue violada en nombre de la civilización, la evangelización y la n para poder desarrollar el comercio. Tengamos presente que a los nativos de Norteamérica no les fue reconocida la ciudadanía de Estados Unidos hasta 1924. Esos pueblos indígenas han permanecido como comunidades rotas a consecuencia del holocausto genocida al que fueron sometidos. Y que esperan la reparación debida, como otros pueblos la tuvieron por su Holocausto. Esa es la realidad sangrante que permanece en el imaginario del pueblo norteamericano que sólo consideraban bueno al indio muerto. Esa fantasía puebla su inconsciente colectivo realzado por sus escritores y sobre todo por el cine y la televisión que presentaban a los indios como presas a eliminar en sus propias tierras, que el hombre blanco necesitaba para establecer la nueva sociedad en la patria prometida. Y se reproduce en los misiles Tomahawk, helicópteros Apache o Blackhawk, pero sobre todo en el infame Séptimo de Caballería, en la invasión de Irak.

     Catorce años después de la derrota del general Custer, en Little Big Horn, la situación de los indios había empeorado de forma dramática. El alcoholismo, la viruela – que llevaron a las reservas en las mantas infectadas suministradas por el Ejército – y la falta de sus alimentos acostumbrados causaron bajas incalculables entre la población india.

     Toro Sentado fue asesinado por la policía que controlaba las reservas el 15 de diciembre de 1890. Caballo Loco había sido asesinado en 1877 y Jerónimo, el legendario apache, moría destruido por el alcohol.

     Los indios sioux habían sido desalojados de sus tierras ancestrales en Powder River y en las Montañas Negras por los blancos buscadores de oro. Trasladados a una reserva de 35.000 millas cuadradas, estas tierras también fueron ambicionadas por los blancos utilizando toda clase de extorsiones y de crímenes. Como el jefe Toro Sentado no quisiera firmar el acta de cesión de las tierras, el general Crook recibió la orden, en 1888, de que, si los indios no querían venderlas, éstas podían serles arrebatadas y los indios dispersados. El Jefe indio fue asesinado por la policía.

     Entonces, el jefe Pie Grande, uno de los líderes lakota, anciano y enfermo de pulmonía, encabezó una marcha de 350 personas, sobre todo mujeres y niños, hacia la reserva de Pine Ridge buscando el amparo del Jefe Nube Roja. El carromato de Pie Grande enarbolaba bandera blanca.

 


     Acampados en Rodilla Herida, (Wounded Knee Creek) bajo una tremenda tempestad de nieve, al amanecer del día 29 de diciembre de 1890, se presentó el Séptimo de Caballería al mando del coronel James Forsyth. Los despojaron de sus armas blancas, los desnudaron en el frío y los conminaron a entregarse para ser trasladados a la prisión de Omaha.

     Pero el coronel ordenó colocar cuatro cañones Hotchkiss apuntando al campamento y los 500 soldados del infame Séptimo de Caballería comenzaron a disparar a mansalva sobre los desarmados indígenas al grito de “¡Acordaos de Little Big Horn, y del general Custer!”.>

     A los tres días, fueron enterrados en una fosa común más de 300 cadáveres, en su mayoría mujeres y niños, que yacían sobre la nieve. 

    Obviamente, las autoridades de Washington declararon que los soldados del Séptimo de Caballería “habían respondido al fuego de los indios en legítima defensa”, a pesar de que no tenían armas. Y concedieron a sus oficiales 20 medallas del Congreso al valor por este genocidio y holocausto en nombre de unos supremos valores que acompañaban al hombre blanco.

     En los albores de la formación de un Nuevo Orden Mundial podemos percibir en la aniquilación de los nativos americanos el futuro para ese nuevo mundo. 

Al igual que los antiguos israelitas habían abandonado Egipto atravesando el Mar Rojo para ganar la Tierra que dicen les prometiera un dios clánico, a costa de sus habitantes naturales, los amorreos, filisteos, cananeos, jebuseos y otros pueblos, los puritanos protestantes cruzaron el Atlántico para desalojar del Nuevo Mundo (nuevo para ellos) a sus habitantes naturales: indios sioux, apaches, arapajoes, Pueblo y de las demás naciones. Lo hacían en nombre de un dios inmisericorde que, según su fantasía, los había elegido como pueblo al igual que había sucedió con el pueblo hebreo. Y aplicaron la misma ética vetero testamentaria que todavía preside el imaginario de los dirigentes que hoy pretenden gobernar al mundo. Es la nueva hegemonía de una superpotencia en el mundo que no reconoce límite alguno a su pretensión pues actúan convencidos de que son instrumentos de la divinidad en una nueva y definitiva epopeya en busca de sus santos lugares. Por eso proclaman sin cesar “Dios bendice América” y en sus billetes afirman “In God we trust”. El resto de los países somos tierra de conquista.

     La extrema derecha del protestantismo integrista se encuentra proyectada en el sueño expansionista del ala más fundamentalista del sionismo transnacional. 

Pero si la peripecia del pueblo hebreo aparece manifiesta en sus libros sagrados, el pasado de los padres fundadores de Estados Unidos alcanzó su cenit en la matanza y en el exterminio de los indios sioux, en Rodilla Herida, en el crudo invierno de 1980.

La historia se repetirá porque han despreciado el derecho y la justicia, porque “de todas las formas del crimen ninguna es tan monstruosa como la que se comete por el Estado contra los propios ciudadanos”.

 

José Carlos Gª Fajardo


Profesor Emérito en U.C.M.