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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

Ningún ser humano me es extraño

Al salir del campo de concentración en Auschwitz, la mayoría de presos sufrieron una especie de descompresión acelerada, como la aeroembolia que padecen los submarinistas que suben demasiado deprisa del fondo del mar. Muchos reconocían en privado que habían perdido la capacidad de alegrarse y tenían que volver a aprenderla si querían sobrevivir a la tragedia. Sufrían una especie de despersonalización. Todo les parecía irreal, improbable, no duradero, a lo que no tuvieran derecho, como en un sueño. Lo cuenta Víctor E. Frankl, en El hombre en busca de sentido.

Mientras el cuerpo, que tiene menos inhibiciones que la mente, se adaptó rápido y muchos se pusieron a comer y vorazmente con fruición, incluso en mitad de la noche. Se levantaban, comían y vomitaban. Se les soltaba la lengua y eran capaces de hablar durante horas y horas, sentían la necesidad irrefrenable de hablar, para no dormirse. No soportaban el silencio que a muchos les hacía preguntarse por el sentido de tanto sufrimiento, sobre todo, al saberse libres mientras tantos otros habían perecido en aquel infierno. Pero lo más terrible fue comprobar que a algunos no les esperaba nadie.

     “No esperábamos encontrar la felicidad, pero tampoco estábamos preparados para la infelicidad”, y sobre todo para  escuchar de labios de sus conciudadanos “No sabíamos nada. Lo siento. Aquí también sufrimos”. La amargura y la desilusión resultaron ser una experiencia muy dura de sobrellevar, y muchos sucumbieron ante la incapacidad de reintegrarse en una antigua vida que ya no existía o en la que se sentían extraños. Muchos padecieron la soledad, y otros se dejaron morir en un mundo en el que no encontraban sentido para el sufrimiento de tantos millones de seres. El número de suicidios discretos o lanzándose desde un balcón, fue grande. Lo más terrible fue que los de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de la brutalidad que les había rodeado mientras estuvieron en el campo. Ahora, al verse libres, recuerda el siquiatra judío vienés Frankl, pensaban que podrían vivir sin sujetarse a ninguna norma y dar rienda suelta a sus represiones más brutales. Se convirtieron  en instigadores de la fuerza y de la injusticia. Muchos pasaron de víctimas a opresores. 

     Como estamos viendo impasibles en Siria, en las tierras de los kurdos (el prometido Kurdistan de los Tratados de Versalles, nunca cumplido), en Irak, en Gaza, en Cisjordania y en toda Palestina en el exterminio y el odio con que israelíes de extrema derecha sojuzgan a palestinos, a hombres, a mujeres y a niños inermes. Uno de los tabúes mejor guardados por el movimiento sionista fue la experiencia de que muchos kapos de campos eran judíos y se distinguían por su extrema crueldad, quizás para acallar una conciencia que se disolvía en estertores.

     Víctor Frankl recuerda a un prisionero que, enrollándose las mangas de la camisa, le gritó: “¡Que me corten la mano si no me la tiño en sangre el día que vuelva a casa!” Y el médico vienés recalca que “no era un mal tipo: fue un buen camarada en el campo”.

     Esta relectura de páginas admirables escritas por un médico que padeció la ignominia de los campos y dedicó su vida a que muchos pacientes descubrieran un sentido para sus vidas, puede ayudarnos a “leer” las conductas salvajes, brutales e inhumanas que los medios de comunicación ponen ante nuestros ojos. Desde todas partes, en una cacofonía desesperante ante la que no deberían doblegarse los responsables de los gobiernos de las naciones democráticas del planeta. El contubernio de Viena y de un sionismo vengativo y poco solidario con los demás pueblos, los espantosos silencios ante las monstruosidades de las que tienen pleno conocimiento los dirigentes de la Tierra pasará a la historia como otra de sus páginas más tristes y vergonzosas. Ante ellas uno se pregunta por el sentido de ser persona en un mundo enloquecido que cabalga hacia la autodestrucción entre luces de anuncios de neón. 
     ¿Cómo sabría el uno que es uno si no fuera por el dos? ¿Cómo sabría quién soy yo si no fuera por ti, por ese, por todos los hombres y seres del universo? ¿Cómo podría imaginarse el haz sin el envés? Somos tierra que camina y sabernos es despertarnos a la realidad más cierta: todo ser lo es en cuanto se sabe solidario, esa dimensión antropológica del ser humano.      De ahí el auténtico significado de misericordia, misereor, hacer propias las necesidades ajenas. Es imposible ser feliz a solas, aislado, ausente. Somos seres para. Por eso la prudencia es la primera de las virtudes, porque sostiene con firmeza toda la techumbre que alberga y acoge y comparte.
     Con Nietzsche, seguimos creyendo que “quién tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Pero nosotros no podemos permanecer en silencio cuando padecen tantos millones de víctimas inocentes.  Porque todos son de los nuestros. Aunque los dirigentes que se reúnen en Davos no parecen ir a las raíces de los problemas que afligen a la humanidad y al planeta que habitamos, sino a salvar sus intereses en una sociedad injusta, superpoblada y que se asoma al caos, más allá no porque desconocemos sus reglas.

José Carlos García Fajardo, Profesor Emérito UCM