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Así somos y así nos va

El punto es que el seleccionado nacional de fútbol intervenido de facto por lionel messi (el mejor jugador del mundo en la actualidad) y sus camaradas de armas, consiguió ayer un sufrido triunfo contra nigeria casi en el final del partido.

El fútbol no es tan importante. No debería serlo, pero en un país como la Argentina, carente de mejores oportunidades para alcanzar la realización colectiva plena, adquiere cierta lógica que un resultado deportivo ocupe la centralidad de la vida de la mayoría de las personas. Un gol de diferencia pareciera ser el ticket más barato a la felicidad, al menos a un rato de felicidad o algo que se asemeje a ello. Sin embargo, en los hechos es el boleto más costoso pues se paga con un balance de otros muchos déficits acumulados en el tiempo que implacablemente determinan una pobreza grave que sólo se puede sublimar con una ficción triunfalista.Así las cosas, poco importa si ese gol, postrero y agónico, es merecido o no. Si fue el resultante de una supremacía táctica o técnica, de una estrategia acertada y mejor ejecutada. Si es la coronación de la preparación, del esfuerzo, de una acción en conjunto o simplemente responde al chispazo de un iluminado, un rapto de suerte. “Un zapato”, se diría en el argot futbolero.

Del mismo modo, puestos a desmalezar el camino que lleva a esta instancia en la que un gol marca el delirio o la decepción, el antes y el después, corresponde evaluar el proceso de fondo que le ha dado marco y cuánto de ese ciclo es vinculante en el derrotero. “Cuando rueda la pelota, la gente no piensa tanto, sólo quiere ganar”, dirán los periodistas del fútbol con su habitual simpleza, cargada casi siempre de un involuntario cinismo. Ese es justamente el problema, que mucha gente no piensa, aunque se trate de fútbol. Acertivos en la tarea de insuflar esperanzas ligadas al patrioterismo, en las usinas del poder aprovechan la conveniencia de que la mayoría no repare que el fútbol está dando una muestra fenomenal de lo bajo que se ha caído, no como potencia futbolística sino como sociedad organizada. El punto es que el seleccionado nacional de fútbol intervenido de facto por Lionel Messi (el mejor jugador del mundo en la actualidad) y sus camaradas de armas, consiguió ayer un sufrido triunfo contra Nigeria casi en el final del partido. Fue 2 a 1 y evitó que el plantel tuviera que hacer las valijas. El gol, convertido por Marcos Rojo, uno de los jugadores más cuestionados del plantel, pero preferido por la estrella de Barcelona, significó el pasaje a octavos de final del Mundial de Rusia. Objetivo logrado. Festejaron exultantes allá y con emoción aquí. “Ahora comienza el Mundial”, se apuraron a señalar los entendidos pensando en Francia, el próximo rival, mientras intentan cerrar con impunidad el capítulo del golpe de estado que se vivió en la Selección y que dejó al entrenador Jorge Sampaoli como un maniquí sin ropa y por supuesto sin jinetas. “Es un triunfo de la convicción de los jugadores”, dijo el DT en la conferencia de prensa pos partido. Fue un tácito reconocimiento de la intimidad de la relación con el plantel. Para ese entonces Messi ya se había levantado luego de responder sus preguntas y lo dejó solo en la sala. Un rato antes, en la cancha, cuando el gol de Rojo hizo estallar de alegría a miles de argentinos, Sampaoli corrió solo al costado de la línea de cal sin nadie que lo abrace, que lo aliente, que lo palmee, que comparta con él el éxtasis de la salvación. Nada, pura soledad. “Esto es para la gente que no se dejó llenar la cabeza con boludeces”, declaró Messi, soberbio en la pequeñez. Ahora el “Diez” tiene el control total, desplazó a un sitio decorativo al Director Técnico, armó el equipo con Mascherano, jugaron sus amigos y sus preferidos. Hizo un gol, que ratifica su calidad, pero la producción general fue apenas discreta. Los “fantásticos” volvieron a hacer sufrir a su pueblo futbolero. Pero, le perdonan porque ganaron. En el fútbol hay miopes que confunden sufrimiento con épica. Y así han construido una mística, como si fuera algo distinguido. Lo más grave es que ahora han patentizado la insubordinación como un gesto de superación deportiva. Y mucho se emocionan y corean sus nombres. No es extraño en un país donde hubo siete golpes que quebraron el estado de derecho y la gente salía a las calles a aplaudir. El fútbol no es tan importante, pero refleja cómo somos.s