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El libro se presentó ayer en Extensión Universitaria

Cómo el Ave Fénix, una obra que relata la cruda realidad del Parkinson

El autor de la obra es el doctor Carlos Antonio Martínez, quien desde hace 19 años padece la enfermedad. El libro lo escribió en tres meses.

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La leyenda del Ave Fénix relata la historia de un ave capaz de renacer de sus propias cenizas. Es un símbolo universal de la muerte generada por el fuego, la resurrección, la inmortalidad y el sol. También representa la delicadeza ya que vive solo del rocío sin lastimar a ninguna criatura viviente. Quizás por ello, el doctor Carlos Antonio Martínez decidió que el libro, donde cuenta sobre la cruda realidad del Parkinson lleve este nombre. En la obra cuenta sobre la enfermedad en sí; desde cómo afecta al paciente hasta la parte científica, relatada de manera sencilla para que el lector -incluso quien no fuera especialista en medicina-, lo pueda entender. Como el Ave Fénix, Renaciendo de las Cenizas es el título del libro que Martínez escribió en tan sólo tres meses. Eso sí, después no pudo publicarlo dado que no tenía los recursos para hacerlo. Una nota realizada en un medio local dio a conocer esto y sus alumnos de la Universidad Nacional del Nordeste -donde fue profesor por más de 40 años-, le donaron el dinero. “Un día recibí un llamado y uno de ellos me hizo la propuesta, fue un gesto muy generoso al que no pude negarme sobre todo porque entiendo que esta obra puede ayudar a muchas personas”, dijo en diálogo con NORTE de Corrientes, minutos antes de la presentación de su libro que tuvo lugar ayer en la sala Azul de Extensión Universitaria -9 de Julio y Córdoba-. La obra será presentada el lunes próximo en el marco de la Feria Provincial del Libro que abrirá sus puertas al público este sábado en el predio del Tekové Potí. “Cuando tuve el ejemplar en mis manos no podía creer. Fue una emoción muy grande”, dijo el médico que hace tan sólo dos días, pudo concretar el sueño de ver publicado ese trabajo en el que volcó todos sus conocimientos sobre la enfermedad que padece desde hace 19 años. Martínez es médico y padece Parkinson desde hace 19 años. Una patología que lo llevó a vivir momentos que hoy intenta olvidar. Lo cierto es que padece la enfermedad desde los 50 años. Los síntomas -según contó a NORTE de Corrientes-, al principio fueron inespecíficos. Empezó a perder el olfato y después las piernas comenzaron a inquietarse cada vez más, es lo que se conoce como el síndrome de las piernas inquietas, algo que parece sencillo pero que en realidad según el profesional de la medicina es bastante molesto. Un año más tarde apareció el temblor. Fue el primer síntoma específico. Fue allí cuando concurrió a un neurólogo amigo que le diagnosticó la enfermedad. Cuando piensa en ese momento afirma que no fue traumático. Es más, considera que afrontó muy bien el diagnóstico porque hasta ese momento no se sentía muy afectado, no tenía mayores problemas funcionales. “Pero cuando la cosa se puso fea vi cómo era el asunto. Igualmente siempre la idea fue no entregarme, no rendirme”, dijo. Fue así que empezó con el tratamiento. Primero fueron dosis bajas de medicamentos pero a medida que la enfermedad se agravaba las dosis fueron aumentando y esto lo llevó a Buenos Aires para pedir otras opiniones. No fue la mejor opción porque la eminencia que lo iba a atender prácticamente no le dio importancia. Por ende, continuó su tratamiento en Corrientes. El tiempo pasó y la enfermedad avanzó. Así comenzó con un efecto secundario bastante serio de una de las drogas, que se llama un síndrome compulsivo, o sea, una tendencia a hacer cosas que no están en la naturaleza de uno. Durante un tiempo tuve ese problema, hasta que me di cuenta de lo que me estaba pasando y decidí suspender la medicación y pasar a la otra, mientras tanto, los síntomas iban avanzando lentamente. “Pasados dos o tres años empiezo a tomar la droga específica para el Parkinson, esa medicación me hizo muy bien al comienzo, empecé lo que se llama ‘la luna de miel’. En ese ínterin me fui a Buenos Aires a ver a otro especialista y la experiencia fue peor que la primera, me dejó con residentes y cuando volvió me maltrató verbalmente y eso fue totalmente contraproducente. Yo fui docente de la Facultad de Medicina y eso va en contra de todo lo que había enseñado, porque uno tiene que tratar al paciente como uno quiere que lo traten”, relata hasta indignado de solo recordarlo. En 2012 aproximadamente, el efecto de esta droga ya no era el mismo y cada vez necesitaba dosis más altas. Aparecieron los síntomas más importantes, como movimientos anormales sin función específica. Me quedaba dormido en cualquier lugar o no dormía en toda la noche. Hasta este momento, pese a todo lo vivido él seguía siendo una persona independiente hasta que esto también cambió. Tuvo que dejar de conducir. Al principio se manejaba en colectivo pero luego esta tampoco fue una buena opción por lo que lo llevaban y traían a todas partes. La segunda gran pérdida fue cuando tuvo que dejar de trabajar porque no daba más físicamente. “Eso fue en 2014: Allí, sentí que me cortaban las piernas”, dijo. Fue allí que decidió seguir el consejo de otra paciente: operarse. A la operación llegó al borde de la desnutrición y muy desgastado físicamente. “En 2016 hablo con mi neurólogo, le planteé la cirugía y me dijo que sí. Luego de varias idas y vueltas con el Pami por el presupuesto y la compra de los insumos, y de pasar por tres cirujanos, me operaron en el sanatorio Sagrada Familia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 2017”, comentó y desde allí comenzó otra historia. “Al día siguiente de la cirugía me sentí raro porque me podía dar vuelta en la cama, caminar, moverme, levantar; no estaba acostumbrado a sentirme bien, parecía que no tenía enfermedad. Todavía no habían encendido los implantes que me pusieron, que se encienden recién a las tres semanas. Son unos electrodos conectados a un estimulador cerebral que generan los impulsos que bloquean las señales patológicas de la enfermedad. Me dijeron que esa mejoría indicaba que estaba bien hecha la cirugía, pero que los síntomas iban a volver porque no estaba encendido el aparato. Cerca de las tres semanas empezaron a aparecer los síntomas, pero cuando encendieron el aparato empecé a mejorar otra vez. Mi calidad de vida cambió totalmente. Me recuperé, por lo menos en un 80 por ciento”, finalizó el profesional. s