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La prepotencia como ley

Lo que sucede en el tránsito vehicular en esta ciudad y en otras capitales del país resume el problema serio que se ha instalado a partir del desacato y la irresponsabilidad.

Es evidente el creciente deterioro del respeto a la autoridad por parte de sectores de la sociedad que cada vez se ensanchan más en el ejercicio de un mandato individual, fundado en el interés individual, por sobre cualquier convención colectiva. La desobediencia a las reglas se ha vuelto una moneda común en determinadas relaciones cotidianas, y en ese trueque forzado por la insolencia ganan los prepotentes y se pierde cualquier atisbo de respeto mutuo entre las personas. Manda el más intrépido o el más fuerte. Resulta difícil construir sobre la anarquía, en la Argentina de estos días hay suficientes ejemplos que encuadran en este drama.

El desafío a la palabra de la autoridad supone algo más grave que la insubordinación a la figura que representa, implica una subversión a la ley y a las reglamentaciones que dan marco (y sentido) a la vida en comunidad. Parafraseando el doloroso apotegma de los años de plomo, “algo habrán hecho” para que se deshilachara el valor de la autoridad y de paso, de las instituciones. Claramente es consecuencia de un proceso que, con los años, fue esmerilando principios simples, pero esenciales. Lo que sucede, por ejemplo, en el tránsito vehicular en esta ciudad y en otras tantas capitales del país resume el problema serio que se ha instalado a partir del desacato de los particulares y la irresponsabilidad o indolencia (según sea el caso) de las autoridades de aplicación. No se trata solamente de un problema de convivencia entre vecinos o de éstos con las autoridades, sino de algo más complejo: la supresión de un estado de civilidad regulado por la ley. Cuando este paradigma es aniquilado por el interés individual, todo se vuelve posible y gobierna la prepotencia. Un insólito episodio ocurrido en la ciudad de Buenos Aires protagonizado por un motociclista que se trepó a una grúa para recuperar su vehículo que había sido secuestrado refleja el nivel de insubordinación, que por otra parte es altamente contagiosa por lo que se pudo observar. El hecho se produjo el martes, pero llegó ayer a los medios de comunicación (puntualmente a la televisión porteña) luego de recorrer las redes sociales a través de un video amateur. La moto fue secuestrada porque no tenía la chapa patente colocada y -según las autoridades- estaba mal estacionada. En las imágenes que se difundieron se puede ver que tras discutir con el personal de tránsito, muy perturbado el conductor de la moto se sube a la grúa y con ayuda de varios transeúntes que presenciaban el tenso momento, logró recuperarla. No sólo bajó la suya, también hizo lo mismo con la moto de una chica. El operativo de rescate fue coronado por el aplauso cerrado de la concurrencia. En cualquier lugar donde impera la ley esa acción es delictiva, en estas latitudes es coronada con vítores. Algo está mal. Especialmente porque el procedimiento del personal de Tránsito se ajustaba a Derecho, el vehículo en cuestión no tenía chapa patente, salió de la concesionaria sin cumplir con ese requisito. El conductor solamente pudo exhibir un permiso provisorio de circulación de siete días. ¿Quien expidió ese permiso? Pregunta sin respuesta. Sin chapa patente colocada, los vehículos no pueden circular. Es motivo de infracción, incluso puede ser causal de retiro preventivo de la vía pública. La concesionaria cometió una infracción, el conductor también incurrió en una infracción. ¿Cuán a menudo se ve está situación en Corrientes y en otras capitales? Todos los días, pero no hay sanción. Así es como se degrada el imperio de la legalidad. No debe extrañar pues que cuando a algún empleado se le ocurra cumplir con su misión, termine apremiado por la prepotencia colectiva. s