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La peor de las grietas

Lo que sucedió ayer, en simultáneo, en la Argentina -paralizada por una medida de fuerza- y los Estados Unidos -donde Macri se enchamigaba con el mundo- es el mensaje de un país increíble.

La Argentina mostró ayer al mundo sus dos caras, por un lado la del gobierno de Cambiemos que se sienta a la mesa con los poderosos, que habla su mismo idioma, encuentra coincidencias, propone integración, le ofrecen respaldo y hasta recibe premios; y por otro lado está la cruda realidad, que es insoslayable. La verdad de adentro, a considerable distancia de las auspiciosas noticias que llegaban de los foros internacionales, mostró a un país paralizado por la protesta sindical. Aun con matices, que deben ser correctamente sopesados, el paro convocado por la CGT y las distintas versiones de la CTA resume el malhumor social contra un modelo que seguramente en la teoría debe tener sus bondades, pero que hasta aquí sólo ha deparado desventuras y con ello más sacrificios y sufrimientos.

Lo más grave es que lo peor está por venir. Ni el discurso del presidente Mauricio Macri en la ONU, ni la estatuilla del Global Citizen Awards, coronado por un bailecito canchero, ni las palmadas en el hombro de Donald Trump o Christine Lagarde dan por concluido el proceso, todo lo contrario. Tampoco se termina con el paro, que fue contundente; ni con las medidas de fuerza que vayan a implementar de aquí en adelante las centrales sindicales. El problema es más profundo y complejo, es el dilema perenne de la Argentina que no encuentra su destino. Acaso el albur se debe a que la Argentina pretende ser lo que no puede. Contrariamente a lo que supone el imaginario colectivo de que “uno es lo que hace”, los manuales de autoayuda instruye que “uno hace lo que es”. La máxima también aplica para un país, que en definitiva es una construcción social resultante del entramado de individualidades. Quizás la punta del ovillo esté en reconocer lo que somos, para entender qué es lo que hacemos. Por lo pronto, la grieta que atraviesa a la Argentina quedó expuesta en toda su plenitud. No es la grieta de los K y los anti K que tan hábilmente comercializaron desde los grupos concentrados de poder, sino la división real y concreta de un país que tiene aspiraciones superiores, pero diferencias brutales en el modo de lograrlo. En el medio hay un espacio de dimensiones intangibles. Allí hay de todo o se supone que hay: convencidos, desencantados, cautos, esperanzados, proactivos, especuladores, comprometidos, mentecatos, inocentes y de los otros. Resulta doloroso asumir que el Cambalache discepoliano constituya el ADN argentino. Y que al mismo tiempo esa idiosincrasia desfachatada se erija en principal obstáculo para alcanzar la meta, sea la que sueña Macri (con receta del FMI) o la que propone cualquiera desde la oposición (con receta nueva o vieja). Lo que sucedió ayer, en simultáneo, en la Argentina -paralizada por una medida de fuerza- y los Estados Unidos -donde Macri se enchamigaba con el mundo- es el mensaje de un país increíble. ¿Alguien puede tomar en serio a la Argentina? Solamente con intereses se puede dar crédito a las palabras del Presidente y seguir acompañando una gestión que claramente no endereza el rumbo. Como si el paro general no fuera suficiente expresión de controversia, ayer se concretó la renuncia de Luis Caputo a la presidencia del Banco Central. “Toto”, como le dicen sus amigos, es íntimo del presidente Macri y anotó un récord: fue el funcionario que menos tiempo estuvo en la entidad monetaria. Durante su paso, la cotización del dólar superó los $40; y para tratar de contenerlo despilfarró casi la totalidad del primer tramo de auxilio que mandó el FMI, unos 15.000 millones de dólares. Pero, sin dudas, “Toto” quedará en los libros de historia por su Bono de 100 años. Deuda externa por un siglo. Es lógico que haya grieta.s