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El dogma de la piqueta

Cierta dirigencia se ha moldeado en la megalo­manía de los emperado­res y no advierten que en realidad alimentan la nómina de aspirantes a dictadorzuelos

Realidad o leyenda, una versión de la historia cuenta que luego de la denominada Revolu­ción Libertadora, que usurpó por las armas el poder en el país en 1955, se puso en marcha un feroz operativo para “desperonizar” el Estado, que tuvo en el área de salud una inusitada brutalidad, a tal punto que se inutilizaron equipos de rayos y pulmoto­res por la simple razón que tenían impreso el escudo del Partido Justicialista o fueron donados por la Fun­dación Eva Perón que era -se sabe- el motor asisten­cialista del régimen. El resultado fue funesto, al año siguiente se desató una epidemia de polio y el sistema de salud público estaba desprovisto del equipamiento (escaso, pero efectivo) que había en aquel entonces. No hay regis­tros firmes, pero podría decirse que aquello fue el inicio de una despiadada modalidad de ven­ganza que -lamentablemente- ha sobrevivido hasta estos días, con­taminando incluso otros ámbitos ajenos al de la política.
Parece anidar en el pináculo del poder, al que no siempre acceden los más lúcidos o idóneos, una suerte de fijación por destruir el pasado. Borrar nombres, sepultar los hechos, erradicar la historia y edificar una nueva. Primero, lo primero: hacer desapa­recer lo anterior para refundar sobre los escombros. El ciclo se repite permanentemente en la Argentina.
Es que todos los que llegan al poder -sin importar de qué institución o esfera se trate- llegan inoculados con el virus del delirio fundacional. Suponen, con una alta dosis de estupidez, no sólo que la historia se es­cribe desde su ascenso al mando sino que además es­tán facultados para reescribir con efecto pretérito, en cualquiera de sus modos: simple, perfecto, indefinido o pluscuamperfecto.
Cierta dirigencia se ha moldeado en la megalomanía de los emperadores y no advierten que en realidad ali­mentan la nómina de aspirantes a dictadorzuelos, que la camada que lo sigue lo habrá de hacer desaparecer del bronce como ellos han hecho con sus antecesores. Y así el círculo sigue retroalimentándose en la revan­cha.
El peronismo, que fue víctima de esta aberración, tuvo luego en la vuelta de la rueda su capítulo de sal­vajismo. El régimen kirchnerista, que representó como pocos el delirio del ser fundacional, atacó todo lo que tuviera relación con la Revolución Libertadora y los mi­litares en general. Así fue, por ejemplo, como removie­ron los bustos del General Aramburu, en cuyo gobierno se fusilaron a civiles.
En el sitial de los Aramburu se instalaron monumen­tos a Néstor Kirchner. Pasó aquí en Corrientes. En vez de conservar aquello que era una señal para la memoria crítica, lo borraron.
Ahora la venganza corre en sen­tido contrario, el gobierno de Mau­ricio Macri quiere cambiar el nom­bre del Centro Cultural Kirchner (el CCK) y darle otra identidad. En distintos lugares ya avanzaron so­bre avenidas, plazas, barrios. Hace un par de semanas, en Corrientes hubo un vano intento por borrar el nombre de la ex presidenta Cristi­na Kirchner a un barrio del Pirayuí, “como si el cambio fuera a mejorar la situación -deplorable- en la que viven los vecinos”, tal el reproche que formuló el concejal Esteban “Toto” Ibáñez (Panu) para oponerse a esa medida. El Partido Nuevo (y su líder, Tato Romero Feris) también sufrió la ignominia de la “desaparición forzosa”.
En los últimos días cobró forma una polémica por el desalojo de una imagen de la Virgen de Itatí instalada en el acceso al edificio de la Facultad de Derecho de la Unne. El decano de esa casa justificó en la “pluralidad” de culto el retiro de la imagen. Y completó, la Univer­sidad debe ser un lugar de “crecimiento científico y no de dogma”.
He aquí un claro ejemplo dogmático de la cerrazón ilustrada. Hay quienes creen que el ejercicio de la plu­ralidad comienza con una desaparición. Así nos va.