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Cada vez que llovió, escurrió

"El colapso permanente". En la editorial del 28/11/2018 se exponía que "los problemas que se repiten con cada tormenta se pueden resolver con planificación y trabajo".

Otra tormenta, más problemas. Mejor dicho, los mismos problemas, de vieja data, que en esta ocasión se agravaron por la magnitud del temporal que azotó a la ciudad de Corrientes. Los registros marcan que en seis horas -poco más o menos- cayeron 135 milímetros de agua y como consecuencia buena parte de la Capital quedó -literalmente- bajo agua, además la lluvia estuvo acompañada por ráfagas de viento intenso que provocó la caída de árboles, postes de diversos tendidos y hasta la pérgola de la Punta San Sebastián que conforma un conjunto escultórico que es patrimonio arquitectónico se vino abajo. El impacto climático fue ciertamente severo y el saldo desastroso, como no podía ser de otra manera. En parte, ese desastre se debe a que la ciudad no está en condiciones adecuadas, carece de infraestructura indispensable y para completar no hay suficiente gestión de calidad.

El embate fue duro y el resultado podría haber sido peor, sin dudas. Sin embargo, esa mirada de las cosas no deja de representar un conformismo barato. Una suerte de docilidad para aceptar que el determinismo es lo que condiciona la vida de la gente y que termina exculpa a los responsables de la cosa pública, es decir a aquellos que tienen (o deberían tener) alguna injerencia para que a los vecinos no les vaya tan mal cada vez que llueve. Sea que caigan dos gotas o muchas como ocurrió el martes a la noche. Así pues como el saldo pudo haber sido mucho peor frente al vendaval de proporciones que se abatió sobre la ciudad, por el contrario, con trabajo, previsión y algo de planificación, el resultado podría haber sido mucho menos inclemente. Es decir, se podría haber sorteado el temporal sin tanto sufrimiento. Las autoridades de la Municipalidad de Corrientes parecen contentarse con poco. Además de la especie de apología al determinismo meteorológico en el que incurren cada vez que les toca enfrentar esta situación, se escudan en dos circunstancias que, analizadas con seriedad, resultan insólitas: 1) A las pocas horas el agua escurre y desaparece el anegamiento, “a las 7.30, 8 de la mañana la ciudad comenzó a funcionar normalmente”, explicó ayer el intendente Eduardo Tassano. 2) No hubo que evacuar familias “en otras ciudades se declaró estado de emergencia y tienen miles de evacuados, en Resistencia tuvieron que evacuar a 3.500 familias”, también dijo Tassano. Tal vez hubiese sido más atinado no hacer declaraciones. En ocasiones el silencio es menos acusador que una equivocada argumentación. Hasta el empecinamiento en el determinismo meteorológico es aceptable antes que la demoledora resignación de compararse con quienes están -en verdad- peor. Del mismo modo, la certeza -casi infantil- de que el agua escurre a las pocas horas también debe ser computada dentro de esa resignación. “Cada vez que llovió, escurrió”, diría algún funcionario reescribiendo la máxima de Alberto Olmedo. Y sí, es así desde que el mundo es mundo: cada vez que llovió, escurrió. Salvo en Venecia, que tiene a los gondolieris y glamour. El punto es cuánto tarda en escurrir el agua ¿se va rápido? Ese sería un principio de solución. Mejor aún si no hay anegamiento, esa sería la solución real. Aquí no se dan ninguna de las dos opciones y la gente anda con los pies en el agua. Llueve, mucho, cada vez llueve más y seguirá lloviendo hasta marzo, fue el pronóstico del intendente capitalino ante la prensa. Habrá que aceptarlo, será así nomás. “El colapso permanente”, era el título de la editorial del 28 de noviembre pasado. Allí se exponía que “unos cuantos problemas que se repiten con cada tormenta se pueden resolver con planificación y trabajo”. La fórmula sigue vigente y las tormentas siguen, habrá que resignarse: ya va a escurrir.s