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Muerte de González Moreno: Atravesados y salpicados

POR ALBERTO RUIZ DÍAZ

Hernán González Moreno sigue hablando desde otro lado. Murió hace 6 años en la estancia de su familia, unos 200 kilómetros al Sur de Co­rrientes. Lo único seguro es que se murió. Sobre la even­tualidad de que haya sido un suicidio no hay prueba alguna, pero menos aún, que permita suponer un homici­dio. El tema es si tenía o no ganas de matarse. En tal caso la hipótesis apuntaría a una instigación al suicidio, con un autor no identificado.

Al lugar del campo don­de se encontraba González Moreno llegaron buscán­dolo varias personas en las primeras horas del viernes 2 de octubre de 2009. La pre­gunta es, el que lo andaba buscando (o encontrando) si sabía que HGM estaba allí y podría estar en peligro, 1) por qué no avisó a la Policía y, 2) cuando lo hizo, después de llegar ahí, porqué avisó a la Policía de Goya, que está a 70 kilómetros y no a la de Ya­taití Calle, que está a 10 o 15. De hecho pudo haber conta­minación o modificaciones en la escena e incluso robo o destrucción de elementos.

Alrededor de la hora 6.00, cuando funcionarios poli­ciales y judiciales llegaron de Goya, había varias personas rondando en la escena. En tal situación, anómala por donde se la mire, cualquiera sabe que los investigadores deben cercar el área, identi­ficar e incomunicar a todos antes de tomarles declara­ción, registrar y secuestrar efectos personales a los que anduvieron cerca del muer­to conforme lo establecen las normativas vigentes, es­pecialmente los celulares e incluso realizar los test indi­cativos de sustancias que se salpican en la cercanía de un disparo del arma de fuego (plomo o bario y antimonio). Sin embargo, andaban como Pancho por su casa y así si­guieron.

El primer detalle notable es que el informe policial en el lugar de los hechos no deja constancia de la con­currencia que allí pululaba, no obstante haber aparecido en el auto un teléfono celu­lar Blackberry sin chip (si es que lo tenía) y un cargador de notebook marca Lenovo, pero no la notebook (si es que estaba en el auto). La no­tebook es clave, en el propio entorno de González More­no aseguran que la llevaba siempre consigo. Nunca se desprendía. La leyenda dice que contenía los organigra­mas del aparato comunica­cional y de “inteligencia”, muy activos y bien lubrica­dos con la “caja” del Go­bierno; también tendría secretos inconfesables de enemigos políticos y, principalmente las ru­tas del dinero. De hecho la notebook no estaba en el auto ni en el domicilio en que vivía ni en la ex Agencia Corrientes y jamás apare­ció. Se cree que el juzgado de Goya no requirió datos al servidor de Internet para establecer, al menos, los ac­cesos a la web de ese equipo, los contactos, etc. Una lásti­ma, porque la investigación de la publicidad oficial le afectaba mucho a Colombi (Arturo), y a dueños de va­rios medios de comunica­ción. ¿Qué tal si aparecía el tipo y contaba que recauda­ba la plata de Información Pública, de Lotería, etc. y le daba “retornos”? Para ser prudentes, podría decirse que con la muerte de HGM unos cuantos pudieron dor­mir tranquilos.

La trayectoria del dispa­ro mortal es una incógnita. El proyectil que atravesó el cráneo de HGM sin impactar parte alguna en el interior del auto diría mucho sobre la posición en que se halla­ba: en el asiento del conduc­tor, con el tórax y la cabeza inclinados hacia adelante, con las piernas en flexión hacia adelante, pero con el asiento muy reclinado hacia atrás. El arma por su parte, al caer quedó debajo de un ca­ble. Si bien no es imposible, era una posición rarísima. La pistola quedó ubicada a la derecha de HGM, con la boca del cañón hacia arriba, apoyada sobre el asiento del conductor, en contacto con la cara externa de su muslo y debajo del cable, raro. Hu­biese sido muy sencilla una reconstrucción del hecho (sin tiros) dentro del auto o de uno similar para estable­cer las posiciones del cráneo compatibles con las aber­turas del habitáculo y si la posición en que fue hallado era compatible con su últi­ma posición en vida, para admitir o descartar que haya sido movido o de alguna for­ma tocado por alguno de los que andaban por ahí.

Sobre la puerta del lado del acompañante había sal­picaduras de color sangre y adherido a una de ellas un pelo de color castaño oscu­ro. Lo encontró la Policía de Goya, hubiese sido útil co­nocer, al menos, si era “pelo” humano y si era de HGM. En el cenicero del auto había 17 colillas de cigarrillo, dos en el lado del acompañante, que fueron recolectadas por la Policía de Goya y conser­vadas para el caso de que “se requiera posteriormente un análisis de ADN”, pero el juez de Goya habría prefe­rido no ordenar las pruebas de ADN, según una fuente confiable.

En el informe de la pericia realizada por la Policía de Corrientes (Delitos Comple­jos) sobre el teléfono celular Motorola aparecido en el auto de HGM, sólo aparece informado la cantidad de veintisiete (27) llamadas per­didas, pero en el Informe de la Policía de Goya dice que había 39 llamadas perdidas.

La cuestión que trascien­de en la investigación de la muerte de Hernán González Moreno es la cantidad de tránsfugas poderosos que se vieron atravesados y salpicados por el mega­curro de la publicidad oficial absorbida por los cárteles de la comunica­ción y canalizada a través de la ex Agencia Corrientes. Sin embargo, la nota de co­rrupción institucional más abyecta son los hechos y circunstancias que la Justi­cia no estableció o encubrió. En el sistema vigente en Co­rrientes quienes conducen, o son los “dueños” de una investigación penal son los jueces, algunos de los cua­les podrían asimilarse a ge­nuinos agentes judiciales de una dictadura, en cuanto a negar garantías personales, perseguir, encubrir ilícitos y dar impunidad.s