Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.nortecorrientes.com/a/157120

Rigor para entender el riesgo

En las últimas horas, a la par de la lógica preocupación exhibida por las autoridades por la indisciplina ciudadana se produjo un refuerzo en los controles para evitar la circulación no esencial.

Mientras lo inevitable sucede, las conductas irra­cionales le asfaltan el camino para que ese objetivo se concrete sin mayores obstáculos. El mundo entero (vale la redundancia) enfrenta una pandemia, no es necesario repetirlo, pero los comportamientos des­prejuiciados obligan a insistir con la advertencia. El peligro sanitario es real, y ciertamente letal para de­terminados grupos etarios. China, buena parte de las naciones asiáticas, Italia, España, ahora Estados Uni­dos, y más cerca de nuestra aldea, Brasil, han compro­bado -con irremediable padecimiento- que el covid-19 es infalible. 

El riesgo sobrevuela la Argen­tina y todas las medidas adopta­das pueden ser pocas si la gente no se inmuniza de la estupidez con la que carga encima. Irreve­rencia, imprudencia, indolencia, todo remite a un concepto único, y esencial, ausencia de respeto por la vida. En las últimas horas, a la par de la lógica preocupación exhibida por las autoridades (na­cionales y de todos los estamen­tos) por la indisciplina ciudada­na se produjo un refuerzo en los controles para evitar la circula­ción no esencial. 

“He decidido privilegiar la salud” de la gente, dijo ayer el presidente Alberto Fernández al reafirmar que se van a endurecer las sanciones, como por ejemplo el secuestro de los vehículos de aquellos que sean sor­prendidos en la vía pública sin justificativo.

Justamente, en las últimas horas se conocieron dis­tintos episodios que dan fundamento al recelo oficial. Por ejemplo, un joven de 27 años, ex rugbier, fue dete­nido regresando de la Costa Atlántica con bolsos y ta­blas de surf atadas al techo de su camioneta. Primero dijo que venía de su casa, después que volvía de Bra­sil y huyó luego de que Prefectura lo acompañara a la puerta de su casa en el barrio porteño de Flores donde debía cumplir con la cuarentena obligatoria. Ayer en horas de la tarde, el juez federal de San Isidro, Lino Mirabelli, ordenó la captura de Federico Llamas, así se llama el joven surfer que el martes había sido demo­rado en uno de los controles de acceso a la Ciudad de Buenos Aires.

Otro caso, el juez federal de Campana, Adrián Gon­zález Charvay, tuvo que ordenar una custodia per­manente de la Policía en el country “Los Cardales”, ubicado en la Ruta 4 en esa localidad bonaerense. El objetivo: investigar si personal de limpieza de piletas y cortadores de pasto ingresan al predio a trabajar en los chalets del lugar.

Insólito, pero real. Esto sirve para desacreditar, al menos en parte, la opinión generalizada de que solamente los que andan en motitos o bicicletas, comúnmente gente humilde, son los incumpli­dores. Claramente el desatino, o la inconsciencia, anida en todas las capas sociales.

No es una cuestión de recursos o formación, se trata de sentido común. El caso de las profesiona­les chaqueñas (madre médica, e hija), quienes se saltearon la cua­rentena y desparramaron el virus a su vuelta de Europa, quedó patentizado como una actitud negligente. Hoy tienen una causa abierta y cumplen arresto domiciliario.

Buena parte de los que son sorprendidos en la calle sin justificativo tienen que enfrentar cargos por infrin­gir los artículos 205 y 239 del Código Penal: incumplir las normas para evitar la propagación de epidemias y por desobediencia a la autoridad. Ayer además el presidente Fernández dijo que será inflexible con las sanciones, y la primera será secuestrarles el vehículo. 

“Hijos del rigor”, dice una de las tantas frases gas­tada a través de la historia nacional. En ocasiones sin sentido y otras, como la actual, con absoluta legitimi­dad. Si es para entender que la vida reclama compro­miso, bienvenido sea.