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LA HISTORIA DE CANDELA 

“Mi sueño es estudiar Psicología para ayudar a otras personas como yo” 

La joven correntina tiene 18 años, su­fre parálisis cerebral y la pandemia no impidió que continuara estudian­do. Cursa el 4º año.

Tiene 18 años. Es estu­diante del colegio Fe y Ale­gría del barrio Ongay. Su sueño, cuando termine el secundario, es continuar la carrera de Psicología. Has­ta allí pareciera la historia de un adolescente normal que, en tiempos de pande­mia, relata cómo continúa su vida educativa. Pero no lo es. Candela se convirtió en noticia nacional por ser un verdadero ejemplo de lucha y perseverancia. Acompaña­da por su familia y sus pro­fesores, puede decir que está sobrellevando esta difícil tarea de aprender a distan­cia con mucha hidalguía, ya que padece parálisis cerebral espástica, lo que le impide controlar sus articulaciones y tiene disminuida la vi­sión, por eso su continuidad educativa era más compli­cada. Gracias a la ayuda de sus profesores pudo seguir cursando a través de video­llamadas su 4º año del se­cundario, hasta ahora con muy buenos resultados. La elección de la carrera de Psicología es porque su gran deseo es “ayudar a personas como ella”. Quiere seguir los pasos de una profesional de la Psicología que la asistió de más chica y despertó gran admiración en ella.

Para Candela, la pande­mia de covid-19 y por ende, el cese de las clases presen­ciales, le cambió la vida. No sólo porque dejó de con­tactarse con sus amigos, de concurrir al establecimiento educativo sino porque todo se hizo mucho más difícil. Para ella, a diferencia de sus compañeros, la única mane­ra de continuar estudiando es a través de videollamadas porque no puede escribir y los profesores necesitan sa­ber que está captando lo que se le enseña. “Para poder dictarle las clases a Candela tuve que adaptar un sector de mi hogar, instalar un pi­zarrón ecológico, comprar un trípode para el teléfono e incluso, un auricular semi­profesional para poder escu­charla bien”, dijo a NORTE de Corrientes el profesor de Matemática, Oscar Ayala. 

La diferencia con el resto de los alumnos es que a la joven de 18 años que sueña con ser psicóloga, no se le puede enviar tareas sino que las hace de manera conjun­ta con los profesores. Para eso, cada profesor tiene que dedicar un tiempo extra ex­clusivo para la estudiante, a la que acompañan desde el inicio del secundario. “To­dos nos adaptamos a este nuevo tiempo que nos toca vivir y lo hacemos con mu­cha responsabilidad. El caso de Cande es más visible por todo el esfuerzo que ella hace para seguir estudiando, pero la verdad es que nos tu­vimos que adaptar a la reali­dad de todos nuestros alum­nos”, admitió Ayala. 

El colegio en el que dic­ta sus clases el profesor de Matemática está ubicado en uno de los barrios carencia­dos de la capital correnti­na. Y es allí donde se puede comprobar a ciencia cierta la diferencia de conectividad con otras zonas de la ciudad o la provincia. “Lo que nos pasa es que a veces tene­mos a varios chicos en edad escolar en un mismo hogar y todos dependen de un te­léfono, por lo que mandan sus tareas cuando pueden, cuando sus hermanos los dejan o cuando tienen datos, que no es siempre. Incluso, algunos de ellos lo hacen un sábado a la noche o durante el domingo y hay que estar atento”, detalló el profesor.

En diálogo con este me­dio, Candela agradeció a sus profesores por lo bien que la tratan, y a su maestra inte­gradora. “Son muy buenos conmigo. Me tratan como a una chica normal. Eso me ayuda mucho. Algunos de mis profesores me llaman, me ayudan y estudio con mi maestra integradora que se llama María José”, explicó emocionada. 

La joven conoce a la per­fección sus limitaciones, incluso dijo que ella estudia con un teléfono con lo que eso significa. “Le dura muy poco la batería y mis clases a veces son largas”, señaló porque a cada profesor le de­manda un poco más de una hora la conexión con Can­dela. 

Sin lugar a dudas, casos como este son un verdadero desafío para el sistema edu­cativo. “Esta pandemia nos sorprendió a todos los sec­tores por igual y la verdad, es que los docentes no está­bamos preparados para so­brellevar poco más de medio año de clases virtuales. Fue un cambio rotundo que de­mandó mucha creatividad, compromiso y empatía”, precisó Oscar Ayala. 

Candela es la menor de cuatro hermanos. Su mamá, Margarita, dijo a NORTE de Corrientes que le asombra la pasión que pone para es­tudiar: “A veces la ayuda una de sus hermanas que está es­tudiando Educación Física, pero su gran soporte son sus profesores y su maestra inte­gradora”, contó sin dejar de mencionar que la gran pro­blemática que tienen es ca­recer, muchas veces, de una buena conexión a Internet e incluso la falta de datos. 

“Nosotros, el colegio y los chicos que participan de esta historia formamos parte de un barrio carenciado en el que la mayoría no cuenta con wifi, trabajan con datos y a veces no tienen crédito en sus teléfonos y como sea tenemos que acompañarlos para que puedan seguir es­tudiando y sobre todo, man­tener el vínculo, el contacto con nuestros alumnos”, dijo el vicedirector del colegio Fe y Alegría, Vicente Ayala. 

Son problemas reales que la familia educativa sobre­lleva a diario, pero para Can­dela no es lo más importante porque se puede solucionar. Su pedido, a la sociedad, es que no la discriminen: “Lo único que les pido cuando me ven por la calle es que no digan pobrecita, pobre chica, que no me miren raro sino que me digan fuerza. No quiero que me tengan lástima”, dijo muy emocio­nada. 

Cuando ingresó a 1er gra­do fue para todos algo nue­vo, porque era la primera alumna con una discapaci­dad en cursar en ese centro educativo. Hoy está plena­mente incluida, aprende y se siente feliz, aunque extraña las clases presenciales. Re­cibe el apoyo que necesita y cuando termine sus estudios tendrá su título en igualdad de condiciones con el resto de los alumnos. “Personas como yo muchas veces no se animan a dar el paso de ir a una escuela común, hay mucho miedo al bullying y a sufrir discriminación”, dice la joven. Según datos del Ministerio de Educa­ción, de 2003 a 2017 creció cuatro veces el número de niñas, niños y adolescentes con discapacidad cursando en escuelas de modalidad común: se pasó de 21.704 a 90.345 en ese período.s

CANDELA EN LAS CLASES VIRTUALES JUNTO A SU PROFESOR DE MATEMÁTICA Y SU MAESTRA INTE­GRADORA. DESDE PRIMER GRADO ES PARTE DEL COLEGIO FE Y ALEGRÍA.

LA JOVEN CORRENTINA DICE QUE NO LE GUSTA QUE LA DISCRIMINEN NI LE DIGAN “POBRE CHICA”. PREFIERE QUE LA GENTE LA ALIENTE A TRABAJAR POR SUS SUEÑOS.

Fe y Alegría es una organización que ofrece opciones de transformación a tra­vés de la educación. Desde 1995 están en Argentina, fueron creciendo y están en varias provincias como Salta, Chaco, San Juan y en Corrientes, donde asiste Candela. Allí en un terreno de un viejo potrero se formó el centro educativo que contiene Primaria, Se­cundaria, escuela para adultos, talleres para todas las edades y tam­bién oficios. Hoy cuen­ta en el país con más de 6.000 estudiantes de contextos vulnerables en cinco provincias.

Margarita, la mamá de Candela, está agra­decida de que su hija nunca sufrió discrimi­nación en el colegio, pero a ella en su rol de madre le costó mucho aceptar que no iba a poder caminar y reco­noce que hay muchos prejuicios en torno a la discapacidad. “Mi hija nació a las 29 semanas de gestación de un embarazo de gemelos, del que sólo ella vio la luz”. 

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