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La representación líquida

En tiempos de virtuali­dad, que el PJ proclame conductor a Fernández, un hombre que llegó con votos que no son suyos, resulta casi la confirmación de un nuevo tiempo. 

Hoy se cumplen 75 años de la gran moviliza­ción popular, la mayoría trabajadores del cordón industrial del Conurbano bonaeren­se, que liberó de su detención al entonces coronel Juan Domingo Perón, dio origen al Partido Jus­ticialista y cambió la historia en la Argentina. Ocurrió el 17 de octubre de 1945 y se convirtió en una gesta fun­dacional que habría de incidir -para bien y para mal- en el rumbo del país. El peronismo ha sido, desde enton­ces, protagonista determinante del devenir político y su correlato institucional ya sea en el rol de gobierno o de oposición, con el poder o desde el llano, incluso desde la proscripción desempeñó un papel central. Los tiempos de bonanza, de decadencia, los años de turbulencia y de barbarie que han vivido los argentinos están directa o indirectamente ligados a esa fuerza partidaria surgida al calor de las masas. Pero, la efemé­ride que se da en una coyuntura extraordinaria obliga a revisar no ya el camino recorrido, sino lo que ofrece como proyecto.

La pandemia de coronavirus, que obliga al aislamiento estric­to y en el mejor de los casos a un prudente distanciamiento social con tapabocas, condi­ciona la celebración del 75º aniversario, que se hará en forma virtual a través de las distintas plataformas que ofrece la Internet. El acto organizado por la Confede­ración General del Trabajo (CGT), que de esta manera reivindica su condición peronista, se hará en un ámbito recoleto, con pocos invitados y sin movilización en las calles. El presidente Alberto Fernández será el orador central y la expectativa está puesta en la presencia o no de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien mantiene una tensa relación con la dirigencia cegetista.

Con independencia de las especulaciones que genera la asistencia de la Vice (si desembarca en el edificio de la calle Azopardo sería una sorpresa), la atención está puesta en la jugada que tienen preparadas las actuales autoridades del peronismo que planean proclamar a Fernández como presidente del Partido Justicialista. Si acepta la nominación y el cargo, asumiría en diciembre cuando termine el mandato del sanjuanino José Luis Gioja. Con esto el peronismo evitaría, una vez más, las elecciones internas galvanizando su inveterada tradi­ción del verticalismo. Organización a dedo.

No es pura casualidad, más bien es el resultado de un proceso. En tiempos de virtualidad, que el PJ designe como conductor a Fernández, un hombre que llegó a la Presidencia de la Nación con votos que claramente no son suyos, resulta casi la confirma­ción de un nuevo tiempo marcado por la política líquida. 

Es que la representación ha per­dido la viscosidad de otros tiempos. El profesor Fernández, puesto en el rol Ejecutivo, es un buen ejemplo. Más aún no hay que perder de vis­ta que hasta antes de ser candidato presidencial -a mediados del año pasado- estaba fuera de todos los cuerpos de conducción del Partido Nacional Justicialista, era además un crítico filoso de CFK, con quien terminó integrando la fórmula ga­nadora en la urnas. Y así de pronto, con la candidatura, volvió a los cuerpos orgánicos y en menos de un año está a punto de conducir el partido de Juan Perón.

La escalada en el poder, aunque tiene una explica­ción, reporta al esquema de transferencia de represen­tación que hoy predomina en la política. Y para colmo todo se habrá de protocolizar en el marco de un acto virtual, con la gente atada más que nunca a un rol de espectador. 

La virtualidad no es sólo logística (obligada por la emergencia sanitaria), hay una virtualidad intrínseca en la asignación de roles y por tanto en las responsabi­lidades. ¿Cómo dar un salto cualitativo para recuperar actualidad? Es el desafío del PJ, pero además de toda la política argentina.