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El empleo en un sistema deforme

El freno a los despidos, que parece una medida de estricta justicia, en verdad lo que desnuda es un problema mayúsculo que engloba no uno, sino varios factores.
En medio de una metralla de críticas, de distinto calibre, por parte de las cámaras empresarias y del sector productivo, el Gobierno nacional oficializó ayer la prórroga de la prohibición de despidos por 90 días y el pago de la doble indemnización hasta fin de año con un tope de $500.000. El objetivo de las medidas, que constituyeron un reclamo del sindicalismo y son cuestionadas por el empresariado, es mantener una contención para evitar desvinculaciones en el marco de la crisis económica generada por la pandemia de coronavirus. Se trata de un paraguas protector para los empleados formalizados, fuera de ese segmento -hoy- privilegiado el resto de los trabajadores enfrentan la más cruda intemperie. La informalidad ha ganado terreno a pasos de gigante en el mercado laboral argentino y en parte ese drama se debe a medidas pseudoproteccionistas como la que acaba de prolongar el neokirchnerista Alberto Fernández. En realidad el problema mayor estriba en un sistema deforme y no se soluciona con parches. El profesor de Derecho que ocupa la Presidencia, se ha revelado hasta aquí como un entusiasta emparchador, sin embargo, por más voluntad y pegamento la pinchadura vuelve al tiempo. Es que debajo de la intervención la corrosión continúa su curso. 
La Argentina tiene déficits estructurales que deben ser atacados en forma integral. Los arreglos parciales son eso, nada más. El freno a los despidos, que parece una medida de estricta justicia, en verdad lo que desnuda es un problema mayúsculo que engloba no uno, sino varios factores: producción, impuestos, trabajo, renta, legislación. Además de los avatares de la coyuntura.
Hay una complejidad que reclama una mirada más abierta y con visión económica hacia adelante que las autoridades, sin importar su presunta militancia ideológica, se empeñan en no ver. O no pueden ver. Algo similar les pasa a los empresarios y por supuesto a los sindicalistas. “Es la economía, estúpido”, decía el slogan de campaña presidencial de Bill Clinton en la década de los 90. Pues bien, es aplicaba a este tiempo en la Argentina: el problema es la economía. Y un sistema que conspira contra el desarrollo. 
Veamos. El Presidente en su Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) por el cual prorrogó la prohibición de despidos, argumenta que “los puestos de trabajo sufrieron una caída interanual del 9,2% en el tercer trimestre del 2020, equivalente a 1,9 millones de empleos, por el impacto de la crisis sanitaria y la recesión, según datos del Indec. De 20.755.000 puestos que existían en el tercer trimestre de 2019, se bajó a 18.848.000 en el mismo período del 2020”.
¿Por qué sucede esto? Será porque hay una persecución a los trabajadores o porque la economía se desinfla, pese a los parches.
Una lógica sana obliga a suponer que ningún empresario despide a un empleado, que sirve, sólo por gusto. Puede que haya alguno con mal genio o exceso de codicia, pero no son la mayoría. Los despidos responden a un deterioro general. En un país con la economía en el subsuelo, recesión, inflación, altísima presión tributaria y ausencia de inversión genuina, el despido de trabajadores es la consecuencia directa. 
Es indispensable revertir este cuadro para estabilizar el mercado laboral. Daniel Rosato, de Industriales Pymes Argentinos (IPA), aportó una idea superadora. “No estamos de acuerdo con prohibir despidos o pagar doble indemnización”, dijo, “la solución es sostener la masa salarial”, agregó. Esto significa que si una persona deja la empresa, se la reemplaza automáticamente por otra. Así se sostiene la masa salarial.
“La solución pasa por sacar leyes que generen trabajo argentino, para que se potencie la generación de empleo”, enfatizó el empresario. Es la respuesta cantada, pero nadie la aplica.


 
 

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