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La primera medida: responsabilidad

Sin dudas la incoheren­cia de las autoridades -nacionales y de las provincias- contribuyó a desgastar el músculo del compromiso social.

Ayer se produjo otro récord de casos positivos de coronavirus en la Argentina. Certificaron 22.039 contagios (y 199 muertes) lo que se inscribe como la cifra más alta desde el ini­cio de la pandemia, en marzo del año pasado. Superó la marca del día anterior es decir que el país ha co­menzado una escalada epidemiológica que va dejando atrás los registros que antes causaban impresión; sin embargo esto no es lo más grave o sí, pero tiene que ser dimensionado con relación a otro dato igualmen­te significativo que lamentablemente está oculto y es que el número de testeos es muy bajo. Los gobiernos (de Nación y las provincias) han mermado la tarea de búsqueda de casos, solo quedan los puestos fijos de testeo, todo lo demás se ha ido levantando. Desaparecieron. El ejemplo más contundente para los correnti­nos es que, después de un año de controversia, los controles en el puente interprovincial Ma­nuel Belgrano fueron removidos, ya no hay reparos, pueden cru­zar todos. Insólito, la medida se tomó justo ahora que comienza el embate de la segunda ola.

Explicar esta situación llevará tiempo y difícilmente consiga un resultado exitoso, seguramente por eso las autoridades provinciales eludieron ese sacrificado -e inútil- inten­to- Tampoco hubo muchas preguntas al respecto, hay actos que por su naturaleza carente de sustancia no merecen indagatoria. Como sea, el levantamiento del retén en el puente Belgrano es la demostración de la (difícil) batalla contra la pandemia de coronavirus está alfombrado de incoherencias.

Se aproxima un tiempo de mucha complicación sani­taria y el Gobierno de Corrientes ha optado por “agili­zar el tránsito” sobre el viaducto. Después de un año de obstinado cerramiento, pase libre para todos. También para el virus, por supuesto.

Este hecho que desnuda la incongruencia de las me­didas oficiales -no es solo potestad de Corrientes, pasa lo mismo en casi todas las jurisdicciones- es el mejor llamado de atención a propósito del plan que anunció ayer el presidente de la Nación, Alberto Fernández (que está cursando la enfermedad) y cuya eficacia está seria­mente en duda por una razón poderosísima: la gente le ha perdido el respeto al virus y también a las órdenes del Gobierno. 

Podría discutirse un rato largo sobre qué llegó prime­ro, si el descrédito de las autoridades o el desafío de la gente a la extraña y mortal enfermedad. Cualquiera sea la conclusión sobre el orden de prelación, la realidad es que buena parte de los argentinos están dispuestos a desoír o burlar las disposiciones oficiales y también se animan al riesgo epidemiológi­co sin medir las consecuencias. Se justifican con distintas razones, al­gunas ciertamente son atendibles, pero la mayoría son puras estupi­deces.

¿Cómo se llegó a esto? Sin dudas la incoherencia de las autoridades -nacionales y de las provincias- contribuyó a desgastar el músculo de las responsabilidad social. Las señales que fue dando el Gobierno durante los últimos meses marca­ron el camino hacia un desbarajus­te colectivo que se ha extendido a todos los rincones de la geografía argentina, ahora va a resultar muy difícil volver a encuadrar a la sociedad en un régimen de alerta sanitaria, con limitaciones de movilidad y restricciones de actividad.

Luego de todos los desbordes que se produjeron, y que siguen ocurriendo, algunos al amparo de la mira­da o la organización oficial, no será sencillo poner a la gente en guardia con un cuadro de aislamiento medido. Se necesitará de compromiso social y la única forma de tocar esa cuerda sensible es con un llamado a la res­ponsabilidad. Pero, cómo hacerlo si el que pide respon­sabilidad -en este caso el Gobierno- ha sido el primer irresponsable.

La segunda ola está encima y el escenario es más de­licado.