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Las promesas eternas

El Gobierno sale a batir parches por lo que ocu­rrió ayer, de que la mitad del población recibió la primera dosis, en un he­cho sin dudas relevante e importante. Pero claro está que eso llegó cuatro meses después de las promesas.

La llegada de nuevas dosis de vacunas contra el coronavirus desde China, en los vuelos dis­puestos por Aerolíneas Argentinas y luego del acuerdo firmado entre ambos gobiernos en abril pasado, pone a la administración de Alberto Fer­nández en una situación de alivio ante la pandemia.

Si bien es cierto que la promesa de la vacunación masiva (en lo que fue anunciado como el operativo más importe de la historia del país) estaba prevista para el primer trimestre del año, a lo sumo hasta abril, se da en el segundo semestre, y con índices elevados de casos y más de 100.000 fallecidos por la enferme­dad, la mayoría de ellos causados por la peligrosa cepa Manaos, que ingresó al país a mediados de mayo.

Si el plan propuesto por el Go­bierno, de vacunar en marzo, quizás los decesos hubieran sido menos, al estar la población va­cunada en su mayoría. Millones de dosis fueron prometidas por el propio Alberto Fernández en diciembre del año pasado, pero la situación no pudo avanzar y solamente llegaron contadas va­cunas desde Rusia, y así comenzó el programa de inoculación.

Pero lejos de las expectativas, el acuerdo con Rusia no pudo ser cumplido como se acordó, tampoco con las dosis de AstraZeneca, vía Reino Unido o India, este último país proveedor de la primera dosis en contados números, y suspendiendo pocas semanas después por el brote registrado en su territorio (transformado lue­go en la peligrosa cepa Delta).

Y si a esta situación se le suma el retraso por acce­der al principio activo del AstraZeneca para su elabo­ración local, la realidad dejó al descubierto la escasa capacidad de negociación argentina para acceder a los antídotos.

Es más, la situación se agravó con la disputa por las vacunas de Pfizer, en una culebrón generado desde la Casa Rosada y el Congreso de la Nación (principal­mente desde el oficialismo). Es esta vacuna, junto con la rusa Sputnik V, las de mayor presencia en el mundo. Los vecinos Brasil, Uruguay y Chile están más avan­zados en la vacunación precisamente por la utiliza­ción de la vacuna estadounidense, más allá de cepas y cuestiones propias del manejo de la pandemia en sus territorios.

Ahora bien, el Gobierno sale a batir parches por lo que ocurrió ayer, de que la mitad de la población reci­bió la primera dosis, en un hecho sin dudas relevante e importante. Pero claro está que eso llegó cuatro me­ses después de las promesas y con 100.000 fallecidos, la cifra que el propio presidente Fernández ha­bía vaticinado como catástrofe si es que el gobernante hubiera sido Mauricio Macri.

La cuestión política está meti­da, sin dudas, en medio de la pan­demia, como todo en la Argentina. Esta situación fue al principio de una cuestión de unidad. La foto del presidente con Horacio Rodrí­guez Larreta y Axel Kicillof marcó un tiempo en el que la población observó positivamente la labor política, y fue el momento de mayor imagen positi­va de esos mandatarios. Pero la buena sintonía entre los mandatarios duró muy poco, a medida de que las definiciones políticas para determinar las estrategias electorales avanzaban.

Así las cosas en un país que se encamina a los cua­renta años de democracia, pero con la deuda insti­tucional a cuestas. La frase de Raúl Alfonsín (“con la democracia se come, se cura y se educa”) resultó una promesa relevante por cumplir, luego de los oscuros años de la dictadura. Pero es hoy que ese anhelo está relegado por las disputas por el poder, el que quita el sueño a los principales dirigentes, y no la búsqueda de soluciones entre todos para poder superar la crisis, que ya parece eterna.

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