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“Mi querida Fabiola...”

El argumento que dio el presidente Alberto Fernández y que roza con lo desfachatado, potenció un escándalo cuyas implicancias por ahora resultan difíciles de conjeturar. 

Es poco probable que la vicepresidenta de la Nación y actual jefa natural del Frente de To­dos, Cristina Elisabet Fernández de Kirchner, suelte una estocada sin haber precisado antes el blanco. Cuando de su discurso, habitualmente fa­rragoso, escapa un concepto filoso es porque hay un escarmiento asignado, que en ocasiones únicamente el acicateado y un reducido círculo identifica el escar­miento y sabe de sus razones. El hecho es que el jue­ves a la tarde, al mismo tiempo que ganaba espacio en los medios las fotos del cumpleaños en la Quinta de Olivos, predestinadas al escándalo político, la Señora daba un discurso en un acto ofi­cial y allí deslizó un comentario sobre la “ingenuidad”. Recordó que la prensa, en determinado momento, le asignó una cuota de ingenuidad al Presidente. A esa altura el affaire del festejo de la primera dama, Fabiola Yañez, en plena cuarentena el año pasado, ya estaba en curso, mientras en la Casa Rosada se devanaban el ce­rebro intentando descubrir quién había filtrado las imágenes.

Sin espacio para ninguna lec­tura ingenua, la divulgación de las fotos del cumpleaños de Fabiola, en la Residencia Oficial del Poder Ejecutivo, en la etapa más estricta del confinamiento sanitario, causaron la conmoción que era de esperar. Primero esa conmoción tuvo un carácter político, pero ayer además se le agregó un condimento ético. El argumento que dio el presiden­te Alberto Fernández y que roza con lo desfachatado, potenció un escándalo cuyas implicancias por ahora resultan difíciles de conjeturar. 

El hecho es que el incumplimiento de las medidas del aislamiento obligatorio por parte del profesor Fer­nández lo puso en el centro de la escena y dio impulso a la oposición para promover un juicio político en el Congreso de la Nación. Se lo acusa de incumplimiento de los deberes de funcionario, pero además le acha­can la comisión del delito contemplado en el Artícu­lo 205 del Código Penal, el mismo que se utilizó para apremiar, multar y hasta demorar a los infractores de la cuarentena en todo el país. 

Tras el desconcierto inicial, luego de la aparición de la foto, ayer a la mañana el jefe de Gabinete de la Nación, Santiago Cafiero, admitió el “error”. No al­canzó. Más tarde, en un acto protocolar en Olavarría, el presidente Alberto Fernández ensayó un pedido de disculpas. Habría sido mejor mantenerse en silencio.

Señaló, con su tono de profesor, pero compungido, que “mi querida Fabiola organizó un brindis (...) por su cumpleaños”. Insólito, el Presi­dente hizo aparecer como culpa­ble a su esposa. Poco cortés, pero además evasivo de su responsa­bilidad política que también rige -aunque no lo sepa- en la casa conyugal, que para el caso se la provee el Estado y es la residencia oficial de los presidentes. 

Con el transcurrir de los días se conocerá la magnitud del impacto del incidente de la imagen presi­dencial. Y sobre todo en las aspi­raciones electorales del oficialis­mo. La suerte del juicio político, que plantea la oposición, dependerá de los números en la Cámara de Diputados (y luego en el Senado) donde el kirchnerismo tiene mayoría. 

Pero, independientemente del costo político que pueda derivar del escándalo, hay una factura que será difícil de levantar desde el aspecto ético. Es que el Jefe de Estado encadenó tres yerros en esta historia: 1) vio­ló su propia orden de cuarentena; 2) mintió diciendo que no hubo reuniones sociales en Olivos; 3) descargó en su esposa la responsabilidad de la infracción. 

El derrape ético se traduce en un descrédito que lesiona seriamente la institución presidencial, más allá de la suerte que tenga el profesor Fernández, que ayer acumuló críticas desde los cuatro puntos cardinales

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