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¿Cuál es el verdadero Fernández?

En septiembre se vota, no es un dato secunda­rio. Podría resultar poco tiempo para aplanar el clima de repudio que se instaló por las contra­venciones y la falsedad.

La crisis que envuelve al Presidente de la Na­ción y que buena parte del kirchnerismo está intentando contener para que no contamine sus chances electorales, a un mes de las elec­ciones Primarias, ha provocado un cisma impensado en la precaria identificación de la ciudadanía con la clase política, una relación que venía maltrecha y que parece haber caído en un pantano del que será muy di­fícil zafar. Limpio, seguro no saldrá ninguno. Es que el descrédito que por estas horas envuelve al compungi­do Alberto Fernández, esposo de “mi querida Fabiola”, se ha hecho extensivo a casi todos los integrantes del elenco oficial donde cohabitan al­bertistas, kirchneristas y massis­tas. Por eso la preocupación de los K paladar negro está enfocada en el riesgo creciente de que la nube de ignominia termine cubriendo a todo el Gobierno y por lo tanto su camino a las urnas. 

Como tenedor mayoritario de las acciones de la alianza electo­ral que dio vida y sostiene la ad­ministración del Frente de Todos, el objetivo del kirchnerismo es frenar la radiación del escándalo por las contravenciones a la cua­rentena que se produjeron en la Quinta Presidencial de Olivos. El silencioso desdén del principio del capítulo (apenas matizado con unas críticas puntuales de algu­nos de sus referentes) seguramente mutará hacia una militancia más comprometida en favor del profesor de Derecho que ocupa el sillón principal de la Casa Rosada y está en verdaderos problemas. Sucede que su suerte es subsidiaria del proyecto y podría arrastrar hacia el mismo destino al conjunto. En pocas palabras, si a Fer­nández le va mal, al kirchnerismo no le puede ir mejor.

En septiembre se vota, no es un dato secundario. Podría resultar poco tiempo para aplanar el clima de repudio que se instaló apenas aparecieron las fotos del cumpleaños de Fabiola Yañez, el año pasado, en el momento más duro del confinamiento sanitario. En la imagen, que se ha vuelto viral, se ve al mismísimo Presidente, a su esposa y unos diez invitados, todos sin barbijos, delante de una mesa con torta y champán. 

Antes de que la foto sacudiera el escenario político y social, el Jefe de Estado intentó desbaratar las denun­cias que señalaban la multiplicación de encuentros sociales en Olivos durante la cuarentena. Para contra­rrestar esa imputación el presidente Fernández mintió. Desembozadamente.

Después con el revuelo en marcha ensayó una expli­cación -deslucida- en la que habló de un “descuido” y un “error”, también dijo lamentar­lo y le adjudicó la responsabilidad a su esposa, mientras se preserva­ba de asumir su propia responsabi­lidad como Jefe de Estado, y tam­bién jefe de hogar.

La situación expone al presiden­te Fernández frente a la verdad, que lo desnuda. Ha falseado los hechos. Se podría tolerar de un particular, un hombre común y corriente, pero es difícil de digerir en sucesivas entregas la mentira de quien está encargado de dirigir el destino del país. 

Asoma un daño institucional en un contexto de cri­sis y apatía política, cuando restan apenas cuatro se­manas para las Paso. Y este es el problema más grave, porque la desconfianza impregna todo el arco político.

Las encuestadoras que han iniciado -de apuro- este fin de semana una medición sobre el impacto que el es­cándalo ha tenido en la opinión pública, advierten que había un creciente desinterés en la gente por la invita­ción a las urnas. Antes de que estallara el “Olivogate” se divisaba que otros asuntos, de mayor urgencia para la vida cotidiana, despertaban el interés de la ciudadanía antes que el proceso electoral. La economía es uno de ellos, la pandemia es otro. ¿Cómo calará en la epider­mis social este brutal derrape?

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